LO QUE EL AGUA SE LLEVÓ

Eran las 8:30 de la mañana; Omar y Laura los dos de 57 años, se alistaban para ir a sus respectivos trabajos. Ella, docente de una escuela especial. Él, un reconocido podólogo de la ciudad. Vivian solos en su casa ya que su único hijo, residía en la ciudad de Rosario, donde estudiaba en la facultad de Psicología. Esa mañana la lluvia era intensa, y prometía la tranquilidad que todo día de lluvia trae a las pequeñas ciudades. Omar decidió esperar que el mal tiempo despejara un poco, aún era temprano ya que su primer paciente no llegaba sino hasta las 9.00. Su trabajo quedaba a pocas cuadras, y considerando que se trasladaría en su coche, cinco minutos bastaban para ese trayecto. De todos modos era un hombre responsable, siempre llegaba a su consultorio bastante antes que sus pacientes para dejar todo listo, perfumar el ambiente y fumar un cigarrillo en la puerta, para darle iniciación a su jornada laboral. Ese día, la tormenta lo detuvo en su casa un rato más, y mientras preparaba el mate, escuchaba las noticias de la radio como todos los días.
8:35, sorpresivamente golpearon a la puerta. Laura, acudió a abrir la puerta de prisa ya que, no era común recibir visitas tan temprano y mucho menos antes de irse a trabajar. Era una mujer morena de unos 40 años, en sus brazos llevaba una nena que no tenía más de 8. Les pidió asilo por un rato hasta que pasara la tormenta ya que, en su casa que se encontraba cerca de allí, en el barrio “9 de Julio”, había entrado agua, como pasaba frecuentemente cuando las lluvias eran intensas y las calles se anegaban. Con generosidad, Laura y Omar, asistieron a la mujer ofreciéndole una taza de café caliente. La niña, no quiso tomar nada.
No les alertó en absoluto la situación, ya que, su casa nunca había corrido peligro los días de lluvia, es más, los días grises eran bienvenidos por ellos para salir al cine o a comer afuera.
La pareja, siguió con sus preparativos. Mate de por medio, Omar, acomodaba su maletín de podólogo. Laura, terminaba de colocarse su guardapolvo. En ese momento, la visita, que terminaba su café, les anunció: “Señora, está entrando agua por la puerta”.
Agua como a baldazos, se filtraba por debajo de la puerta de calle, y al mirar por la ventana todo era agua. Omar, vio a los arbolitos de la vereda, que no tenían más de dos metros de altura, cubiertos de agua hasta la mitad. A pesar que la acera estaba en desnivel con su casa, el agua ya estaba en su living.
La desesperación inundó el lugar, se produjo un minuto de silencio absoluto, tensión y parálisis por aquella situación que llegaba de improviso. Laura, quedó estática, paralizada por el miedo, sintió la angustia en lo más profundo de su pecho que se esparció por todo su cuerpo trayendo mucho más que desesperación. Era prácticamente increíble lo que estaba ocurriendo, siempre habían tomado los recaudos necesarios para que la casa fuera segura y ningún intruso pudiera entrar, pero esa vez el intruso fue silencioso y se escurría por debajo de las puertas, se amoldaba rápidamente a todos los recovecos de la habitación.
De repente como una madraza que defiende su morada, Laura tomó el mando para dejar a salvo los tesoros más preciados que una familia podría tener, las fotografías familiares, los documentos, las escrituras de la propiedad, y supo en ese momento, que quienes tenían que pedir asilo, eran ellos.
La mujer que se encontraba siendo socorrida, huyó con urgencia a buscar un hogar más seguro.
Omar enseguida puso a salvo algunos electrodomésticos livianos; el microondas que se encontraba en la mesada tuvo alojo arriba de la heladera, también la licuadora; uno de los televisores y la video casetera fueron a parar en lo alto de un mueble estilo modular, que se encontraba en el comedor.
Laura, buscó unas valijas grandes, que estaban guardadas en la parte más alta del placar de la habitación matrimonial, que esperaban ser estrenadas en un próximo viaje a Europa. Las llenó de ropa, papeles de valor, libros y algunas fotos que pudo rescatar, debido a que el agua dentro de la casa superaba las rodillas de sus habitantes.
Por la densidad del agua, las puertas se volvieron cada vez más pesadas, casi como las puertas de acero de la bóveda de un banco, a pesar de ser simplemente aberturas de madera.
Al mediodía, ya había dentro de la casa más de un metro de agua, y los propietarios, con algunas cosas a salvo y tres valijas llenas, se inundaron de angustias junto con su hogar, vieron el agua oscura, llena de residuos, tapar todas sus pertenencias; sus sillones, sillas, mesas y modulares, enseguida quedaron ocultos. Los muebles de madera comenzaban a flotar y a moverse, de un lado a otro de las habitaciones, por la corriente de agua, que vertía un manantial de líquido oscuro, devorando sin piedad todo lo que se interpusiera a su paso. Así, oscuro, quedó su hogar, ya no era su morada, se había convertido en el lugar más inseguro para permanecer, y el más triste, como una caverna fría, húmeda y llena de alimañas que aparecieron con el agua, y decidieron abandonarlo de inmediato.
Pasaron todo el día en casa de unos vecinos, que se encontraban a unos cien metros y a los cuales nos les había llegado el agua por estar en un terreno mucho mas elevado. Recibieron alojo, algo de comida, y un poco de compasión.
Esa misma madrugada, el agua comenzó a bajar y a las 3:00. Omar, volvió a ver como se encontraba su hogar. Al darse cuenta que ya en su casa no había más agua, con desilusión y tristeza, a la luz de una lámpara de gas, comenzó a retirar el barro de la alfombra con la ayuda de un secador, el lodo había penetrado en la alfombra, cambiándola de color. El olor a humedad, se había impregnado en todos los muebles, y recorría cada uno de los ambientes. La cama, se había partido por la fuerza del agua y la hinchazón de la madera, solo quedaba un montón de maderas tiradas en la habitación cubierta de barro. Habían perdido también, las mesas de luz, una cómoda, juegos de mesa, una computadora, varias sillas, unos sillones y un antiguo piano que pertenecía a la dueña de casa.
En menos de veinticuatro horas, la inundación se llevó cientos de recuerdos, el agua, borró gran partes de sus esfuerzos y varios años, que fue el tiempo que les llevó construir ese hogar, pero el agua también dejó una marca en las paredes, muy difícil de limpiar, una marca de humedad que florece todos los veranos, y que trae los recuerdos mas tristes de aquel abril de 1995. Una marca que quedará en sus memorias, como en las de todos los pergaminenses, que vieron irrumpir en sus casas el agua, como una intrusa que entra, empuja, destroza y se lleva los recuerdos más valiosos de cada hogar.


Reseña

Hace un poco más de catorce años la ciudad de Pergamino sufrió una de las peores inundaciones que puede sufrir una población.
El 07 de abril de 1995 una lluvia copiosa dejó bajo el agua al 80 % del casco urbano de la ciudad. Las precipitaciones fueron de 350 mm solo en el transcurso de dos horas. Pergamino se caracteriza por ser una de las zonas con clima más húmedo de la región y las lluvias son frecuentes, es considerada una de las tierras más valiosas para el cultivo por esta característica. Además frecuentemente había anegación en zonas bajas pero nunca como en esta ocasión. La inundación de 1995 fue la más grande que recuerdan los habitantes históricamente y la que más ha dejado cicatrices.

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